Nuestro gran maestro del tenis – 15 de julio 2019

Nuestro Gustavo Fernández acaba de ganar el torneo de Wimbledon en forma heroica y es su tercer gran Slam de la temporada. Esto lo convierte en nuestro gran maestro del tenis. En un atleta que se instala entre los más ganadores de todos los tiempos y de todos los deportes.
Ahora Gustavo dice que se siente en medio de una locura de felicidad. Apenas venció al japonés Shingo Kunieda tiró su gorra al suelo y se abrazó a sí mismo, seguramente para llorar. Estaba eufórico. Levantó su mirada y sus brazos al cielo, como una plegaria. La cancha número 3 del All England Lawn Tenis and Craquet Club estalló en aplausos. Y el lobito se abrazó a su hermano y a sus sobrinitos, en especial a Helena. Esto lo coloca por tercera vez en el primer lugar del ranking. Gustavo, al que los cordobeses nos gusta llamar “El Lobito”, ya consiguió 5 Gran Slam y dejó a Guillermo Vilas en el segundo lugar con 4. Esto habla de la dimensión estadística de su hazaña. Le juro que cuando tiró la gorra me puse a gritar como si Boca hubiera ganado la copa Libertadores. Es que Gustavo estuvo aquí en estos estudios. Tuvo la gentileza de regalarme una pelota que dice Roland Garros 2018, cuando ganó el torneo, y la conservo en la biblioteca de mi casa, al lado de los premios Martin Fierro. Es que venimos siguiendo su carrera paso a paso.
Una vez más se ubicó el en Olimpo del deporte adaptado.
Gustavo Fernández es un héroe del tenis y la vida. Este atleta es un ejemplo de superación personal y profesional. Como Federer, Nadal o nuestro Juan Martín del Potro.
Hay momentos en que todos necesitamos, todos, ustedes y nosotros, un poco de aire puro para seguir creyendo en la condición humana. Para confirmar que los buenos somos muchos más que los malos aunque hagamos menos ruido. El cordobés Gustavo Fernández, “Gusti”, como lo dicen sus amigos de Rio Tercero, también fue campeón del Abierto de Australia el año pasado.
En el abierto de Bélgica logró su título número 40 y el tricampeonato. Pudo incursionar en el golf tirando unos golpes en Estados Unidos, de vacaciones con su familia.
Gustavo es un deportista de un coraje sin igual. Tiene apenas 24 años y una carrera extraordinaria en tenis adaptado o en tenis sobre silla de ruedas. Vale la pena verlo. La destreza, la capacidad de llegar a todas las pelotas sobre sus dos ruedas, el saque feroz que tiene con esos brazos de acero. Es conmovedora la manera en que sacó fuerzas de flaquezas. Todos los días supera un límite más. Todos los días corre la meta un poco más allá. Compite contra sí mismo.
La tragedia ocurrió cuando Gustavo tenía apenas un año y medio. Estaba jugando con su padre y se cayó. En el suelo, miró a su viejo y le dijo que no sentía las piernas. El mundo se derrumbó encima de la familia Fernández, una familia de deportistas acostumbrados al sacrificio y al esfuerzo cotidiano. En Argentina no supieron decirle que había pasado con su cuerpito. Todos sus ahorros fueron para hacer una consulta en Estados Unidos y allí le diagnosticaron “un infarto medular”, una enfermedad tan rara que solo se registra un caso en 20 millones. Después del llanto y el dolor, los Fernández decidieron ponerse de pié y ayudar a que su hijo pusiera de pié su alma y su corazón a pesar de que tenía paralizado su cuerpo desde el pecho para abajo. Sin darse por vencido y con mucha rehabilitación, Gustavo Fernández recuperó la sensibilidad hasta la cintura. De todos modos es el tenista con mayor discapacidad en el circuito de tenis profesional adaptado. La mayoría de sus competidores son amputados o gente que camina. Él tiene que hacer un esfuerzo superior para mantener el equilibrio porque no tiene uso del abdomen bajo. Le cuesta mucho hacer el balance en cada raquetazo o en cada arranque de su silla de ruedas.
Gustavo tuvo la suerte de nacer en una familia de deportistas donde el entrenamiento diario, la disciplina, la vida sana, la competencia y la mejoría permanente le dieron los instrumentos para convertirse en el tenista de elite que es hoy. Hizo básquet, natación y hasta fútbol.
Jamás olvidará su familia el día que llevó la bandera y encabezó la delegación de Argentina de los juegos Olímpicos en Rio de Janeiro 2016. Cuando entró al legendario estadio Maracaná haciendo flamear la celeste y blanca las lágrimas fueron agua bendita para la casa de Los Fernández. Gustavo “El Lobito”, el padre fue figura descollante de la Liga Nacional de Básquet y ahora es director técnico. Juan Manuel su otro hijo, siguió su camino en la selección argentina y en Europa. Y Nancy, su madre, fue la que le inculcó el bichito del tenis que ella practicaba solo como entretenimiento.
Muchos le dijeron a Gustavo que no iba a poder con semejante epopeya. Pero pudo. Apretó los dientes, hizo fierros y le puso una energía poderosa a cada entrenamiento. Gustavo disfruta la vida con la risa de sus amigos en los boliches, se divierte con su novia Florencia, le gustan las series de la tele, las milanesas caseras y siempre, anda con el bolso de las raquetas y la valija porque vive más en los aviones que en la tierra maravillosa del embalse del Rio Tercero.
En Gustavo deberíamos pensar todos los que nos enojamos o nos hacemos un drama terrible por cualquier pavada o dificultad de la vida cotidiana. En Gustavo deberían pensar lo que sufren alguna enfermedad o son discapacitados y creen que no van a poder salir adelante. Siempre tengo presente esa frase que dice que “el único discapacitado es el que no tiene corazón”. Y a Gustavo le sobra corazón. Para el amor, para la familia y para convertirlo en la garra y la actitud invencible con que afronta cada partido y cada torneo. Gustavo no tiene sus piernas en condiciones de caminar pero tiene resiliencia. Es la capacidad de recuperarse de la adversidad para seguir proyectando el futuro. Es la fortaleza de la autoestima. Del amor propio. La resiliencia es un concepto tomado de la ingeniería y la física. Es la aptitud de los materiales de regresar a su estado natural después de algún golpe fuerte. Un título de una película nos puede ayudar en la definición: “Retroceder nunca, rendirse jamás”.
Gustavo Fernández no retrocedió nunca ni se rindió jamás. Derrotó primero a sus propios temores y luego a los prejuicios de los demás. Gustavo tiene una frase que nos enseña: “No es cuestión de ver lo que no tenés, sino de saber qué es lo que hacés con lo que sí tenes.”
La historia del tenista de acero es inspiradora para todos. Aquel fin de semana fue subcampeón en Paris y después se fue para Rusia. Quiso alentar a Messi y compañía en el mundial de fútbol. Tenía entradas para ver el partido contra Nigeria en San Petersburgo. Gustavo juega con una intensidad envidiable. Aprendió que las derrotas enseñan más que las victorias y dice que no se siente un súper héroe porque no hace nada fuera de lo normal. Tiene tres medallas de oro y una de plata en los juegos para Panamericanos. A los 24 años le ganó cientos de partidos a aquel maldito accidente de niño.
Acaba de subir una vez más a la cima del tenis mundial adaptado: no es Nadal ni Del Potro. Pero es un orgullo para los argentinos. Es el tenista de acero que ya está pensando en su próximo triunfo. Y en quebrarle el saque a todas las adversidades que aparezcan.

Favaloro nuestro que estás en los cielos – 12 de julio 2019

Millones de internautas de 25 países abrieron hoy su computadora o su celular y a la hora de googlear, se encontraron con un homenaje a René Favaloro. Usuarios de Taiwan, Estados Unidos, Israel o Singapur, entre otras naciones tal vez de esa manera, sientan curiosidad por averiguar más de la vida y obra de quien fue uno de los argentinos más grandes de todos los tiempos. El Doodle es una intervención artística en el logo del buscador Google que tiene la intención de despertar el interés de la gente sobre acontecimientos o figuras trascendentes para la humanidad. Hoy el doodle tiene ambas letras “o” de Google con un corazón y con la cara de un Favaloro con gorrito y delantal celeste y su barbijo en el cuello. La empresa global ya distinguió a Favaloro al colocar en su momento, su invento cumbre, el by pass como uno de las 400 más extraordinarias creaciones que cambiaron la historia. Además, resultó ser el único originado de América Latina. Orgullo total y planetario para los argentinos. También puede verse en el logo un electrocardiograma y parte del instrumental que suelen utilizar los médicos.
Hoy que estamos embarrados por la mega corrupción y el autoritarismo que quiere volver a la Argentina, esta información nos mete aire puro en el alma y multiplica la esperanza de que podamos lograr de una vez un país más justo para todos sin ladrones ni golpistas.
Hoy que Favaloro es un padre nuestro que está en los cielos yo también quiero multiplicar su figura monumental. Porque hoy lo necesitamos más que nunca. Por eso no me canso de repetir esta plegaria laica.
Ese emblema de lo mejor de los argentinos llamado René Gerónimo Favaloro hoy cumpliría 96 años. Por eso hoy es el día de la medicina social. Al doctor de los doctores le gustaba decir que “el nosotros siempre estuvo por encima del yo”. Solidario hasta el dolor, como quería la Madre Teresa. Ante tanta vergüenza ajena por tanta corrupción cleptocrática, recordar su figura nos sirve como el mejor de los espejos.
Celebrar su nacimiento nos hace olvidar un poco de uno de los momentos más tristes de nuestra bendita Argentina que fue el día en que el doctor Rene Favaloro se pegó un balazo en el corazón. Justo el que salvó miles y miles de vidas. Justo él, que derrotó miles y miles de muertes, justo él. Solo, abatido, cansado de luchar contra la burocracia y la mediocridad, uno de los argentinos venerados nos pegó un cachetazo brutal para despertar nuestra conciencia ciudadana. Justo él que vino a ofrecer su corazón generoso como ejemplo a toda la sociedad.

René Gerónimo Favaloro tuvo a lo largo de su vida la posibilidad de manipular dos de los elementos más nobles que existen sobre la tierra: la madera y los corazones. Y trabajó con respeto sobre ellos. Los mejoró con su precisión de cirujano y su sensibilidad artística de ebanista. Sus manos gigantes, manos como patios como dijo Horacio Ferrer de Anibal Troilo, eran expertas a la hora de esgrimir las gubias que aprendió a utilizar en la carpintería de su padre y el bisturí que dominó como nadie. Favaloro era un artesano que trabajaba con las manos y el cerebro para resucitar corazones. Por eso todavía duele tanto su partida. Por eso su memoria nos interpela. Porque era un científico admirado por las elites intelectuales pero había sido parido entre los hombres más sencillos de La Pampa.

Su etapa de médico rural en Jacinto Arauz lo marcó para siempre. Le fortaleció las raíces y modeló su identidad. Doce años de su vida los dedicó a enriquecerse humanamente en el campo, ayudando a los que menos tienen, poniendo el cuerpo y las neuronas donde había más necesidades. Se hizo hombre del pueblo en la profundidad de nuestra patria. Aprendió a escuchar y valorar los silencios. Ese intenso color azul del jacarandá y los aromas de la salsa de tomate y hongos secos que era su especialidad a la hora de agasajar a sus amigos con una pasta amasada y cortada a cuchillo por el mismo como si fuera hecho por un cirujano. El pueblito pampeano fue su plataforma de lanzamiento hasta asombrar al mundo y recibir todos los premios que se pueda imaginar. Todos lo condecoraron como uno de los grandes precursores de la cirugía cardiovascular de todos los tiempos.
En Estados Unidos desarrolló su obra cumbre: el By Pass o puente. Sacó del fondo de su alma su habilitad conseguida en el taller de carpintería de su padre y del pulso firme y minucioso de costurera de su madre modista. Trabajaban 14 horas por día igual que su hijo. Hizo una clara opción por lo pobres y fue de una austeridad y una generosidad inmensa. Fue un hombre del pensamiento nacional y popular. Siempre decía que los datos de la mortalidad infantil y la concentración de la riqueza eran claves para medir a un modelo injusto que él llamaba Neofeudalismo. Fue un adelantado. Como si hubiera presentido lo que nos pasó en los 12 años de la era del hielo K. Jamás hizo nada ni por dinero ni por poder. Sus valores eran otros. Era de otra galaxia. Amaba la historia argentina y a San Martín. Su máxima felicidad era ir a pescar y alquilar un autito y dormir donde lo agarraba la noche. Y hablar de las cosas de la vida y de la muerte con los campesinos.

La vida lo castigó demasiado. No pudo tener hijos biológicos con María Antonia, su novia de la secundaria y su esposa de siempre. La muerte de Juan José, su único hermano lo atravesó como una puñalada a traición.
Jamás olvidaré el día que operó a mi viejo. Estaba tan delicado “el mayor” que, en Córdoba, nadie se atrevía a operarlo. El me dijo: “tráelo” y puso manos a la obra. Después que salió del quirófano, con la camiseta y la frente transpirada, se sacó los guantes, el guardapolvo y me abrazó junto a mi madre y mi hermana. Recién salido de la batalla por salvarle la vida a mi padre, nos dijo: “Salió todo bien. Quédense tranquilos. Perdió poca sangre. El 93% que me corresponde salió bien. El 7% restante le corresponde a Dios y hasta ahí no llego”. Todavía me resuenan sus palabras, su vozarrón campechano y esa caricia en el alma que nos hizo cuando nosotros éramos un pantano de dolor y angustia. Y hablando de Dios, recuerdo que la primera vez que vi una capilla ecuménica fue en la Fundación Favaloro. Un lugar de silencio y reflexión para sentarse a meditar y para que todos pudieran rezar a su Dios, a su religión o a la energía en la que creyeran. Hasta en eso la fundación fue un ejemplo de amplitud y no discriminación.
Rene Favaloro fue el mejor producto que salió del barrio El Mondongo. Se encendía su mirada cuando contaba cien veces los goles de Gimnasia y Esgrima y decía “fulbo”, como el más sencillo de los hinchas. Hoy lo extrañamos como nunca. Necesitamos de su molde. Para que nazcan argentinos a su imagen y semejanza. Militantes de la cultura del esfuerzo y la excelencia. Plantados sobre nuestra tierra. Con la ética y la honradez como bandera.
Hoy parte del planeta tierra lo recuerda cada vez que busca alguna información en internet. Nosotros tenemos la obligación moral de recordarlo todos los días.
Favaloro nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre: San Favaloro de la Medicina Social y la Excelencia.
Hoy lo necesitamos más que nunca para demostrar que no todo es corrupción, trepadores del poder, autoritarios y soberbios. Que la patria no se devora a sus mejores hijos. Que se puede ser argentino de otra manera. Como Rene Favaloro que en paz descanse.

Alberto contra el periodismo – 11 de julio 2019

¿Qué te pasa Alberto Fernández? ¿Estás nervioso? Eso era lo que le preguntaba con ironía Néstor Kirchner a Clarín. ¿Qué te pasa, Clarín, estás nervioso? Mientras se hacía el gracioso, cosa que nunca fue, Néstor Kirchner mandaba misiles de todo tipo contra Clarín, La Nación, Perfil, varios canales y radios y contra muchos periodistas independientes. Lo sufrí en carne propia así que los conozco de memoria. Néstor y Cristina siempre odiaron al periodismo porque le gusta controlar todo pero que nadie lo controlen a ellos.
Alberto Fernández se apoya en una mentira muy fácil de desmentir. El dice que nunca atacó al periodismo y que siempre lo defendió. A Marcelo Bonelli en esta radio el sábado le dijo que era tan así que los más gurkas del ladri progresismo lo acusaban de ser un hombre de Magnetto.
Ya le dije varias veces que Néstor Kirchner fue una máquina de atacar y perseguir al periodismo. Y que su jefe de gabinete fue el brazo ejecutor, frío e implacable. Lo hacía con mayor sigilo y en voz baja, pero era tan cruel como Néstor. A lo sumo hacían el jueguito el policía malo y el bueno. Néstor te destrozaba y después aparecía Alberto con algunos algodones y curitas. Un operativo de pinzas que siguió con Cristina.
En estas últimas horas montó en cólera y demostró su verdadera cara. No soporta preguntas, como no lo soportaba Néstor ni ahora Cristina. Siempre quiere que le tiren centros para que cabecee. Encima de fingir que es amigo de los periodistas y que los defendía durante el ataque de los K nos quiere dar cátedra de cómo se ejerce este trabajo. A Mercedes Ninci la mandaba a leer una nota, le decía que no eran serias sus preguntas. A Jonatan Viale le dijo que era ridículo lo que le preguntaba o que su inquietud era poco honesta. Le dijo que era un loco por preguntar si Cristina iba a manejar la economía cuando, todos sabemos que Cristina manejó, maneja y manejará absolutamente todo. Incluso la marioneta de Alberto.
En Córdoba se enfrentó con un colega de Telefé llamado Héctor Emanuele que, como todos, quería lograr una declaración para su medio. También lo maltrató, le dijo que así no se ejercía la profesión y después se subió al auto que le puso la gente del Movimiento Evita de Córdoba. Al final, mintió una vez más. Dijo que ya le había pedido disculpas a Emanuele quien luego negó que eso hubiera ocurrido. Señor candidato. Eso no se hace. No se miente tan brutalmente si se quiere ser presidente, se le podría decir.
En esta jornada nefasta para su relación con la prensa, Alberto volvió a decir que él no persiguió al periodismo. Le va a crecer la nariz como a Pinocho. Se cree sus propias mentiras.
Hace unos días, Carlos Pagni recordó con precisión de cirujano que fue Alberto el que llamó a Página 12 para que levantaran una nota del querido colega ya fallecido, Julio Nudler. En complicidad con Horacio Verbitsky, otro colaboracionista del kirchnerismo, censuraron a Nudler que era un prócer del periodismo. Esa nota y esta historia se puede leer en internet pero no en el sitio de Página 12. Al más puro estilo stalinista, la borraron de sus archivos. Nunca existió para ellos.
Fue Alberto el que le ordenó a Mona Moncalvillo que dejara sin trabajo a Pepe Eliaschev en Radio Nacional, sólo porque era independiente, corajudo y tenía una mirada crítica de los K.
Fue Alberto el que ofendió a Claudio Savoia porque había investigado a Romina Picolotti, secretaria de medio ambiente, pese a que el periodista de investigación tenía toda la razón.
Fue Alberto el comisario político que supervisaba, autorizaba o tachaba los informes de CQC según acaba de revelar uno de sus documentalistas, Ignacio Montes de Oca.
Fue Alberto el que llamaba a los dueños de los medios para que echaran o amordazaran a periodistas.
Fue Alberto el que estaba al lado de Néstor cuando humillaba a los cronistas que querían hacerle preguntas. El caso más famoso es el de Leonardo Míndez, en ese momento en Clarin, pero hay otros. A Míndez, adelante de los fanáticos que aplaudían le retrucó: “A vos te manda Magnetto, ya lo sé” y por supuesto no le contestó la consulta sobre su enriquecimiento ilícito colosal y a la velocidad de la luz. Fue Alberto el que estaba al lado de Néstor cuando hizo lo mismo a un movilero de radio Continental llamado Pablo Navarro.
Fue Alberto el jefe de gabinete cuando falleció Néstor y 300 energúmenos con caras tapadas y palos vinieron a la puerta de la radio a decir: “suene el bombo, suene el tamboril/ que Alfredo Leuco y Fernando Bravo / se tiene que morir”. Habían vandalizado la puerta de Continental con pintadas que decían “Magdalena gorila” y otros insultos a otros periodistas.
Alberto no dijo nunca una palabra de solidaridad por eso. Ni intentó investigar los acontecimientos para sancionar a los patoteros. Miró para otro lado. Tuvimos que salir custodiados por patrulleros como si fuéramos delincuentes y finalmente resultó que los delincuentes eran ellos.
Una vez me llamó a radio del Plata para insultarme por un comentario y terminamos a los gritos donde menos bonito nos dijimos de todo. Yo no permito que nadie me insulte. No soy Parrilli.
Todo el sistema de ataque a la libertad de prensa lo lideró Néstor Kirchner y Alberto fue su jefe de gabinete. En octubre del 2006 denuncié con una nota en la tapa de La Nación que ese era el momento de menor libertad de prensa en la Argentina desde 1983. Eso fue, insisto, en el 2006 y Alberto recién renunció en el 2008. En aquella nota de la que siento orgullo profesional mencioné diez situaciones para argumentar lo que estaba ocurriendo. Pasó hace 13 años. Mi hijo se acuerda y Diego tenía 16 años. Jamás olvidará el contestador de mi casa de Caballito reproduciendo insultos y agresiones verbales de Néstor. Eran insoportables. Autoritarios al mango.
Quiero ser extremadamente riguroso. Es cierto que Alberto en algún momento intentó acercar posiciones con los dueños de algunos medios. Es verdad que Cristina luego profundizó esta metodología musoliniana del escrache y fogoneó juicios en la plaza de Mayo y escupitajos a las fotos de los periodistas que ellos llamaban “Enemigos del pueblo”. Es cierto que hasta Alberto Fernández luego sufrió y tuvo que tomar de la misma medicina. Le levantaron un programa con Longobardi. Lo espiaban y lo acusaban en “67 chorro”, como dice Lanata de ser empleado de YPF, de Clarin y de mil cosas más.
Eso es verdad. Alberto fue víctima de ese aparato nefasto y de las falanges K desde el estado nacional. Pero eso no quita el haya sido victimario hasta que renunció el 23 de julio del 2008.
En la nota del 2006 yo hablaba de libertad de prensa de baja intensidad. La más baja desde que habíamos enterrado a la dictadura militar. Después Cristina superó largamente a Néstor y perfeccionó los instrumentos de ataque y aumentó la cantidad de víctimas. Ella veía enemigos por todos lados. Incluso los que le hacían una pregunta. Por eso no quiso hacer conferencias de prensa. Pero hubo agresiones de hecho, palizas a periodistas en Quilmes, por ejemplo.
No es un dato menor que Morales Solá recibió amenazas al día siguiente de que el Presidente leyera en Casa de Gobierno una nota elogiosa hacia Videla que atribuyó falsamente al periodista. Alberto también fue el ejecutor de la política de látigo para los independientes y billetera para los amigos obsecuentes en el tema de la distribución millonaria de pauta publicitaria. Enseguida escalaron en esta arbitrariedad ilegal y apretaron a los anunciantes privados para que no apoyaran a los medios críticos y que pusieran publicidad en los periodistas dóciles y amanuenses. Eso se hizo por primera vez en Argentina. Invento de Néstor. Gestión de Alberto. Manejaron como premios y castigos para doblegar a los medios el tema de la prórroga de las licencias para radio y televisión y el otorgamiento de algunos permisos nuevos. Parece una mueca del destino pero en esa nota del 2006 yo denunciaba que habían dejado afuera de canal 7 a Víctor Hugo Morales por sus críticas a Néstor. Después, ya es historia conocida, el panqueque se dio vuelta en uno de las transfugueadas más notables de la historia del periodismo. Con Alberto como jefe de gabinete de Néstor comenzaron las operaciones de los servicios de inteligencia contra distintas personas: la de Enrique Olivera la ideó y comandó directamente Alberto el que se dice amigo de los periodistas. También con el desprecio y maltrato que existía desde el Gobierno hacia las entidades que representan a las empresas o a los periodistas. Hablo de ADEPA, SIP, Fopea y tantas otras, que sólo han recibido ofensas o negativas ante los pedidos de entrevistarse con el Presidente para dialogar civilizada y democráticamente sobre los temas en común. El Talmud dice que la fe (y el periodismo, agrego yo) debe servir para acomodar a los incómodos y para incomodar a los cómodos. Debe ser fiscal del poder y abogado del hombre común. Debe respetar más la verdad que la ideología.
Desde que Néstor llegó a la presidencia se desató una cacería de noticias y opiniones. El jefe de gabinete fue Alberto Fernández que ahora dice que fue amigo y defensor de los periodistas. Con amigos así, los periodistas no necesitamos enemigos. Gracias Alberto, no nos defiendas más.