Crónicas de guerra. Aprender en cuarentena – 27 de marzo 2020

Parte diario: 589 contagiados, 76 recuperados y 13 muertos.
Siento que debemos aprovechar esta cuarentena para aprender. Para sacar las mejores conclusiones y reinventarnos como mejores personas. Ahora no tenemos excusas, nos sobra tiempo para pensar. No necesitamos correr a ningún lado, ni meternos entre los semáforos y las bocinas de la selva de cemento. Hoy estamos protegidos por nuestras paredes y por nuestros afectos. Afuera hay una tormenta criminal que mata a nuestros semejantes. Adentro, estamos atrincherados, resistiendo.
Siento de fondo a Sui Géneris que me susurra que aprendimos a ser formal y cortes. Nito Mestre y Charly García en “Aprendizaje” hicieron una radiografía de la educación por afuera de las instituciones. De la vida y la calle como maestras. Siento que me cantan al oído mientras escribo esta columna:
Viento del sur o lluvia de abril/
Quiero saber dónde debo ir,
No quiero estar sin poder crecer/
Aprendiendo las lecciones, para ser.
Yo también me siento aprendiendo las lecciones para ser. Porque no quiero estar sin poder crecer. Y creo que la propuesta vale para todos. Aprender las lecciones para ser. Es la mejor manera de transitar la cuarentena.
Siento que alguien, que algunos llaman Dios padre y otros madre naturaleza, mandó a desenchufar el mundo que andaba descontrolado a mil por hora y sin frenos. Y todo se paró de golpe. Y hubo que barajar y dar de nuevo. Y asimilar que todavía nos faltan muchos días para superar este ataque del virus.
Siento que el aprendizaje refundacional es valorar a las cosas realmente importantes que muchas veces no le dábamos ni la hora. La profundidad de la poesía de Antonio Machado dice: “Solo el necio confunde valor y precio”. ¿Cuánto cuesta el abrazo profundo de un hijo? Es lo que más extraño. Con Diego nos damos abrazos de gol. No son saludos formales o livianos. Son abrazos fuertes, con palmadas en la espalda, golpeando nuestros pechos, como si estallara la Bombonera en la alegría de un grito. Ese abrazo que se había convertido en algo hermoso pero casi rutinario. De pronto, se vino la noche y hoy solo nos podemos saludar por teléfono o por Skype y si nos cruzamos en el canal, apenas nos podemos rozar los codos. ¿Se entiendo lo que estoy diciendo? Antes había miles de abrazos. Ahora solo codazos. Es toda una metáfora de lo que nos pasa. Estoy seguro que a partir de ahora vamos a valorar mucho, pero mucho más cada abrazo que nos demos con nuestros seres queridos. ¿Se acuerda de Facundo Cabral? El admirado Indio Gasparino. Con su sabiduría nos legó que: “solamente lo barato se compra con el dinero” y con mucho respeto, me permito agregarle que lo más maravilloso y emocionante de la vida es absolutamente gratis.
No tengo que pagar nada para acariciar las canas de mi madre o la pelada de mi padre. Yo soy toquetón. Entro en contacto con la gente. A mi padre que tiene 95 años, le paso mi mano sobre sus mejillas y él se ríe, un poco avergonzado. Le beso la cabeza. Le tomo la mano a mi madre para hablar y no se la suelto. Ahora no puedo ni siquiera ir a verlos personalmente a Córdoba. Es peligroso para ellos y es desgarrador para mí. Y además no puedo viajar. Está prohibido. Y cumplo las reglas. Hablo por teléfono varias veces por día, pero no veo la hora de subirme a un avión, aterrizar en mi tierra y correr a verlos. Ese encuentro extraordinario no cuesta un centavo. Pero ahora vale una fortuna. Porque no se puede hacer.
Siento que soy un privilegiado. Porque tengo a mis padres y a mi hijo aunque no los pueda abrazar. Muchos han perdido a sus padres, o a sus hijos y otros los tienen muy lejos, en otros países y quien sabe cuánto tiempo pasará para que los vean.
Me siento un privilegiado porque estoy reformateando mi cabeza. Escribo esto y tengo frente a mis ojos, detrás de la computadora a un árbol frondosamente verde. Siempre lo valore. Me gustó este departamento del tercer piso porque los árboles llegan hasta el balcón y las calles son tranquilas. Pero ahora vale oro ese árbol y ese balcón. Son los pulmones por donde respiro sol y vida cotidiana. Es el lugar de los aplausos a los médicos y a todos los trabajadores de la salud. Es el lugar para homenajear a las fuerzas de seguridad que nos cuidan arriesgando su vida y la de su familia. Es el escenario de un tenor que canta para los vecinos. O el teatro de un chico que nos despierta con su saxo.
Parece mentira. Siento que hay un clima de tristeza pero que también flotan magias navideñas en el trato a la gente. Todos se desean lo mejor. Porque saben que lo mejor para el otro, siempre, pero hoy más que nunca, es lo mejor para uno. Vecinos que hablan y se conocen y hasta hace 15 días ni se saludaban. Todos expresan sus buenos deseos. Que esto termine pronto. Que nuestro vecino se cuide. Adrián, el encargado del edifico me llama todos los días para saber si necesito algo. Es un fenómeno.
Siento que soy un privilegiado porque puedo transitar por los pasillos, yendo de la cama al living. No es una mansión. Pero ahora lo valoro mucho más que antes porque todos hemos comprendido lo que significa quedarse por semanas las 24 horas adentro de un ambiente o lo que es peor, en una casilla llena de hijos.
Siento que los chicos ya no se quejan si la madre los manda a comprar dos kilos de manzanas y uno de tomate. Antes refunfuñaban, molestos por tener que dejar la play o levantar la vista de teléfono y las redes. Hoy se pelean por ir a hacer las compras. Es como respirar un poco. Como irse de vacaciones a
dos cuadras y por media hora.
Estábamos viviendo profundamente equivocados. Tal vez no nos interesábamos por las actividades de nuestros hijos o padres y perdíamos el tiempo discutiendo las boludeces que tuiteó una modelo o el contrato de un futbolista.
Siento que esta cuarentena y la presencia de un enemigo común a todo el planeta, nos obligó a respetarnos un poco más entre todos, a pensar soluciones en forma conjunta y plural y a diluir los odios y las peleas.
Siento que esta situación inédita y traicionera nos puede empujar para que coloquemos casa cosa en su lugar. Que cambiemos nuestras prioridades. Que no perdamos tiempo en codicias que se miden en lujos y en dólares y que ganemos la belleza de los ojos y los besos de nuestra amada, el aroma fresco de la mañana y una canción bien cantada. Todo eso lo teníamos a disposición y no le dábamos la suficiente importancia. Era como que venía de arriba. Que nos correspondía por el solo hecho de existir. Hoy sabemos que nada es fácil. Y que la felicidad es algo muy sencillo repleto de satisfacciones, pero que tenemos que construirla todos los días. Nada cae del cielo si no somos capaces de apreciarlo. Solamente cae agua, si no advertimos el misterio de la lluvia. ¿Dónde van los besos que no damos?, se pregunta Víctor Manuel.
Siento que ahora vamos a saborear cada detalle y cada instante que la vida nos regala. Estudiar o trabajar con nuestros compañeros al lado. Protestar y celebrar juntos. Tomarnos un cafecito o una birra. Decirle buen día a los tacheros o al colectivero. Tratar de ser menos egoísta. Saber que mucha gente que muere hoy no tiene ni siquiera la sepultura ni el adiós de sus seres queridos. Está prohibido que la gente se junte, incluso para elaborar el duelo junto a un féretro para dar el pésame como dios manda. En España algunas personas no saben dónde fueron enterrados sus padres. Es un agujero negro en el alma. La gente se casa o celebra su cumpleaños en estricta soledad.
Destilamos demasiado odio, contaminamos mucho todo lo que tocamos. Llenamos de basura el mundo. Vivimos estresados y sobre exigidos. La ansiedad no nos permitió saborear los mejores platos. Nos tragamos todo de un saque. Y así, nos va.
Siento que todo tiene solución, menos la muerte. Y que nada vale más que la vida. Tal vez lo estemos comprendiendo de golpe y a los golpes.
Siento que Oscar Wilde tenía razón: hoy en día la gente sabe el precio de todo y el valor de nada.
Siento todo esto. Siento, luego existo.
Por eso no me canso de enviar este mensaje a toda la gente de buena voluntad que quiera habitar el suelo patrio: Hay que quedarse en la casa para resistir. Así soportaremos los golpes y jamás nos rendiremos. Erguidos frente a todo. Resistiremos al virus, para seguir viviendo.

Crónicas de guerra. Ser periodista hoy – 26 de marzo 2020

Parte diario: 502 contagiados y 8 muertos.
Un día como hoy, Pepe Eliaschev publicó una de las primicias más extraordinarias desde el regreso de la democracia. En la tapa del diario “Perfil” denunció el tenebroso pacto secreto que Cristina estaba firmando con Irán para encubrir a los responsables del atentado a la AMIA y la embajada de Israel. Fue una noticia de alto impacto y seguramente, marcó a fuego la carrera de quien considero, fue el mejor periodista político radial. Pepe sufrió exilios, persecuciones, escribió libros, publicó en diarios y revistas y siempre tuvo coraje en televisión y radio para llamar a las cosas por su nombre. Y también fue censurado y despedido por el gobierno de Néstor Kirchner que lo condenó a trabajar en radios humildes o cables de poca masividad.
Un día como hoy, pero de hace 9 años, Pepe reveló con exactitud el mecanismo de la búsqueda de impunidad que el ex canciller Héctor Timerman firmó en la ciudad siria de Alepo. Exhibir esa verdad y sostenerla en el tiempo le costó el ataque permanente del cristinismo que primero negó y luego tuvo que reconocer esa traición realizada a espaldas de los argentinos y de los familiares de los muertos. Pepe soportó estoicamente todo, incluso el maltrato de ciertos miembros de las entidades de la colectividad judía que tenían intereses ideológicos y económicos con el gobierno K.
Al tiempo, todo lo que Pepe había publicado, se confirmó con lujo de detalles. La verdad, el coraje y el profesionalismo habían triunfado sobre la mentira, la cobardía y el autoritarismo.
Fue un periodista de raza que ejerció con hidalguía frente a estos micrófonos hasta que el cáncer de páncreas, lo liquidó. Este recuerdo de un día como hoy me llevó a reflexionar sobre el rol del periodismo en general y, en particular, en estos momentos de la maldita pandemia que con 20 mil muertos ya se convirtió en la más letal del siglo. Es que este virus criminal viaja en nuestros cuerpos. Es increíble que cada ciudadano sea, al mismo tiempo, el veneno que contagia con la saliva y el antídoto que cura con la cuarentena. Todavía hay muchos idiotas que no entienden esto y con su irresponsabilidad sabotean la salud pública y el bienestar general. Todavía hay muchos idiotas antisociales que no se dan cuenta que son los más pobres de los pobres los que van a pagar las consecuencias más terribles. Porque para quedarse en casa, hay que tener una casa. Y demasiados compatriotas viven hacinados en una casilla precaria. Para lavarse las manos hay que tener agua. Y dos millones de argentinos no tienen acceso a una red de agua potable. El virus mata pero también desnuda pornográficamente a los gobiernos que no supieron, no quisieron o no pudieron ofrecer las necesidades básicas a sus gobernados.
Pensé en Pepe y en el periodismo de hoy. Hay de todo como en botica, por supuesto. Hay ignorantes salvajes y sensacionalistas, por supuesto. Todas las actividades tienen su cuota de delincuentes y corruptos, y la nuestra, no tiene porque, ser la excepción. Pero quiero ser lo más riguroso y equilibrado posible. En general, la mayoría del periodismo se está comportando correctamente. Algunos comunicadores son más eficaces y otros menos, algunos tienen más carisma para transmitir y otros menos, pero en promedio son absoluta mayoría los que llevan adelante su tarea buscando el equilibrio entre informar sin ocultar datos pero, sin caer en el alarmismo que asusta a la gente y potencia el virus del pánico. Estoy seguro que Pepe Eliaschev hubiera transitado por este camino. El de apuntar a los autoritarios que siempre potencian las peores enfermedades. Lo está denunciando la organización “Reporteros sin Fronteras”. Un informe de esta organización dice que los medios de comunicación chinos podrían haber informado mucho antes sobre la gravedad de la epidemia si Pekin hubiera garantizado la libertad de prensa. Hicieron todo lo contrario. Castigaron al médico que descubrió el virus. Y obligaron al periodismo a ocultar el origen y el desarrollo de semejante drama. Se podrían haber salvado miles de vidas. Reporteros ubica a China en el puesto número 177 sobre 180 en el ranking de la libertad de prensa. Esa actitud tiránica es más grave que todos los virus juntos. Porque el principal insumo de los periodistas no es la noticia. Es la libertad. Con libertad podemos practicar un periodismo bueno, malo o regular. Pero sin libertad solo es posible la propaganda de los esbirros del poder.
Nuestro rol como siempre es la búsqueda de la verdad para convertirnos en fiscales del poder y en abogados del hombre común. Esa es nuestra ética profesional. No mentir, chequear la información que difundimos, no pagar ni cobrar por lo que decimos y hacemos y ponernos siempre del lado de las víctimas.
Y tratar de compensar las malas noticias inevitables con buenos ejemplos que muestren la salida y que no todo está perdido. En este terremoto sanitario y económico que estamos viviendo, por suerte hay muchas situaciones para destacar y alegrarnos.
Es algo asi como nuestra sección de “Todos los días hay una buena noticia”.
Ayer algo le comenté. Más de 20 mil porteños se anotaron para ser voluntarios para ayudar y contender a los adultos mayores que son claramente los integrantes principales de los grupos de riesgo. Todo empezó con cartelitos en los ascensores o en los pasillos. Soy fulano de tal del cuarto B y me ofrezco para hacerle las compras en la farmacia o en el supermercado a quien lo necesite. Este es mi teléfono. Esa solidaridad espontánea y emocionante, ahora está sistematizado por el gobierno de la Ciudad. Se puede ayudar en forma presencial pero también por teléfono para charlar y acompañar a nuestros viejitos y que no se sientan solos ni entren en miedos, angustias o ansiedades.
El otro mensaje esperanzador fue generado en Villa Lugano, en la Escuela Media Técnica de la Universidad de Buenos Aires. Allí cinco alumnos muy jóvenes y dos profesores se metieron en un concurso nacional de física. Los ganadores tenían como premio viajar al campeonato mundial en Israel, organizado por el prestigioso Instituto Weizmann. Los chicos de Lugano, ganaron. ¿Se imaginan la alegría y los abrazos? Y prepararon una caja que debía ser difícil de vulnerar. Ese era el desafío. Tratar de vulnerar y abrir las cajas de los demás alumnos de varios países del mundo y evitar que ellos vulneraran la que se construyó acá con los principios de la física. Se juntaron y trabajaron día y noche. Le sacaron horas al descanso, a la posibilidad de estar con sus familias e incluso al esparcimiento. Muchos de sus amigos iban a bailar o a jugar al fútbol y ellos seguían quemándose las pestañas con ese proyecto tan hermoso. Lamentablemente por la pandemia, el torneo en forma presencial en Tel Aviv se suspendió. Los chicos se pusieron tristes. Nunca habían viajado en avión. Pertenecen a familias y barrios humildes. Pero siguieron batallando cuando les confirmaron que se podía hacer en forma remota, por Skype y a través de las redes. Estudiaron inglés, estudiaron teatro para poder exponer con mayor fluidez y finalmente, a la distancia, ganaron el premio del público. Unos genios. Lamentablemente, no pudieron festejar ni abrazarse porque cada uno estaba cumpliendo con la cuarentena en sus casas. Tuvieron que engancharse a la red en forma separada. Pero ganaron. De Lugano a Tel Aviv. De la Escuela Media Técnica al Instituto Weizmann de fama mundial. Estos chicos nunca bajaron los brazos. Dieron muchos ejemplos. Perseverancia, sacrificio, amor al estudio, al progreso y a la ciencia. Y trabajaron en equipo guiados por maestros contenidos por un colegio que apuesta a la excelencia y a la solidaridad.
Esa selección nacional que ganó el mundial de física la integran Luciano Cejas, Brian Terceros, Jazmín Carbarián, Sofía D’Eclessis y Rut Mamani. Los directores técnicos, por llamarle así a sus docentes fueron Paula Leales y Claudio Bilardo que si tiene apellido de técnico campeón del mundo.
Rut Mamani fue la encargada de exponer y explicar el funcionamiento y la construcción de su caja difícil de vulnerar. En realidad fueron ellos, estos 7 argentinos los que no se dejaron vulnerar ni vencer por todas las dificultades que tuvieron que enfrentar.
Por eso no me canso de enviar este mensaje a toda la gente de buena voluntad que quiera habitar el suelo patrio: Hay que quedarse en la casa para resistir. Así soportaremos los golpes y jamás nos rendiremos. Erguidos frente a todo. Resistiremos al virus, para seguir viviendo.

Crónicas de guerra. Los inconscientes y los médicos – 25 de marzo 2020

Hay dos cosas que a esta altura conviene consolidar. Por un lado, el encarcelamiento de los inconscientes que sabotean la salud pública y por el otro, los aplausos y abrazos en el aire para la heroicidad de los médicos y el resto de los trabajadores sanitarios.
Son dos caras de la misma moneda. Puño cerrado con la ley en la mano contra los que conspiran contra el bienestar general y hacen lo que se le canta las pelotas. Y mano abierta para homenajear a los que se juegan la vida para defender nuestra vida. Por estos dos caminos no nos vamos a equivocar demasiado.
La firmeza de Alberto Fernández quedó clara esta mañana. Igual que Diego Santilli, estaba enojado con la caravana de autos que todavía no entienden la gravedad de lo que pasa dijo que “lo que no entra por la razón, va a entrar con la fuerza”. Y les avisó que “les vamos a sacar el auto y los vamos a meter presos porque son inconscientes”. Y tiene toda la razón. La inmensa mayoría de los argentinos está haciendo un esfuerzo colosal y mancomunado para evitar la muerte de compatriotas y estos hijos de mala madre solo se miran el ombligo en el espejo de su frivolidad. No hay que tener contemplación con los que violen la cuarentena. No hay que permitirles que le mojen la oreja o humillen a los que sufren por falta de trabajo, de comida o de agua. No les pueden faltar el respeto a los que cumplen con la ley pese a que sufren el encierro, la lejanía de sus hijos y la ansiedad de la incertidumbre.
En estas últimas horas pudimos ver a este grandulón pavote de 27 años que se llama Federico Llamas. Es el de rulos colorados que tenía las tablas de surf en el techo de su camioneta y estaba con traje de baño, bolsos, musculosa y un nivel de soberbia insoportable. Lo pararon en la Panamericana. Mintió una y otra vez a los uniformados. Se negó a firmar el acta. Se burló de los periodistas que estaban trabajando y lo obligaron a regresar a su casa del pasaje Fabre en el barrio de Flores. Fue escoltado por un móvil y dos motos de la Prefectura Naval. Y en dos minutos, arrancó de nuevo y se fugó hacia Ostende. Hoy, un juez dictó una orden de captura para que pague por lo que hizo. No fue una travesura. Violó dos normas: evitar la propagación de epidemias y desobedeció a la autoridad. Yo también le cobraría todos los gastos que ocasionó al estado que tanto necesita los fondos para los que más necesitan. “Me gusta el bochinche”, les había dicho desafiante a los movileros.
Dicen que ahora está preso. Se creía el más pícaro y resultó el más boludo. Veremos si le gusta el calabozo.
Estos inconscientes antisociales son la contracara de los médicos y de todos los trabajadores de la sanidad. Están poniendo el pecho en la primera línea de combate contra este enemigo desconocido y criminal. Y no les resulta gratis. Se juegan la vida y muchos de ellos, pierden la vida para cuidar la nuestra. En el principal hospital de Chaco, en Resistencia, hay diez contagiados por cumplir con su misión y su juramento hipocrático. Ese maldito virus se ensañó con 6 médicos, 2 enfermeras, un bioquímico y un empleado administrativo del hospital Juan Perrando. Por eso Chaco ahora, tiene 10 combatientes menos. Quedaron fuera de combate y pasaron de cuidar la salud de los demás a enfermos que deben ser cuidados.
La mayoría de la gente identificó rápidamente a quienes son los escudos que nos protegen. Los aplausos de las 21 horas en todas las ventanas y en todos los balcones, fue a imagen y semejanza de lo que pasó en Italia pero como buenos argentinos le sumamos nuestro propio sello con cantitos de hinchada para alentarlos. Los bomberos y las fuerzas de seguridad también se tienen que dar por aplaudidos. En los concursos televisivos de la tele se popularizó eso de “Aplauso, medalla y beso”. Por ahora y hasta que le quebremos el espinazo a la pandemia, habrá solamente aplausos. Pero la medalla y beso se la ganaron para más adelante. Los argentinos somos aplaudidores. En algo que provoca calor en las manos y en los corazones. Que levanta el ánimo. En el fútbol se canta: “Aplaudan/ aplaudan/ no dejen de aplaudir/ los goles de fulano que ya van a venir”. Y en el rito de identidad de nuestra comida colectiva solemos pedir: “Un aplauso para el asador”. Este reconocimiento no se tiene que quedar en aplausos. Solo es el primer paso. Después que termine la batalla, hay que encarar la jerarquización económica y profesional de esta gente a la que tanto le debemos. No quiero caer en patrioterismo baratos ni en un clima malvinero. Pero la épica y la mística les va ayudar a darle más energía a los que luchan por nosotros. Después podremos cantar el himno nacional juntos y gritar cuando llegue la parte que dice “Al gran pueblo argentino salud”. Ojalá esta siembra directa de compatriotas con vocación y amor al prójimo permita una cosecha de muchos Favaloros. Ojalá.
Es que estamos asistiendo a la peor hecatombe de la historia. El hundimiento de la economía va a generar más pobreza, más desocupación y más miseria. Pero en esto no hay duda posible. Lo primero es la salud, como decían nuestras madres. La vida por encima de todo. Norberto, un amigo que vive en Miami me lo dijo con lenguaje coloquial de barrio: “Vivos y pobres, podemos discutir cómo sigue la cosa. Muertos y ricos, no hay nada que discutir”. Me contó además que en Estados Unidos hay problemas serios.
El sistema de salud, tan elitista y frágil, está sin respuestas contundentes frente a lo que se viene y ya impactó de lleno en Nueva York. Un test de coronavirus tarda más de 12 días en arrojar el resultado. El desarrollo no parece haber llegado a este desafío. Hay mil doscientos argentinos todavía en el aeropuerto de Miami. Muchos jóvenes de intercambio estudiantil que no tienen un peso para comprar remedios o comer algo. Y no saben si alguna vez los van a repatriar. El cónsul argentino trabaja las 24 horas para asistirlos pero está desbordado.
Pero el gran drama ahora está sacudiendo a España mientras sigue taladrando a Italia. Las historias son horrorosas. El extraordinario periodista Julio Algañaraz contó que hay miles de médicos contagiadosy la triste crónica de dos enfermeras que se suicidaron en medio de la depresión y desbordadas por las dimensiones bíblicas de la pandemia. Daniela Trezzi tenía 34 años y trabajaba en la sala de terapia intensiva del hospital de Monza. Allí llevan a los pacientes más graves. Se contagió el virus como tantos de sus compañeros, estaba sin fuerzas, exhausta y tenía miedo de contagiar a sus compañeros. No aguantó más, y Daniela se ahorcó. Hoy sus compañeros dicen que jamás la olvidarán y llevan la foto de Daniela en el pecho. Arriba del barbijo titilan sus ojos bellos y curiosos.
Silvia Luchetta se arrojó al mar. Bajó los brazos y abandonó la lucha por la vida de los demás y su propia vida. Se inmoló en el hospital de Jesolo en el Véneto. Tanto Daniela como Silvia eran obsesivas en la atención de los enfermos y honraron su condición de amar a su prójimo más que a ellas mismas. Entregaron todo, hasta la última gota de sangre. Padecieron la frustración de la derrota. Hoy son un emblema de la lucha de los trabajadores de la salud. Llevaran sus nombres hasta la victoria contra el virus asesino. Ambas solían decir: “Es desgarrador ver morir a tanta gente, sola, sin caricias ni despedida”.
En Italia vive uno de los mayores intelectuales de la actualidad. Hablo de Loris Zanatta, ensayista y profesor de historia de la Universidad de Bolonia. Puso luz con su escritura al oscurantismo de los populistas y los supersticiosos de todos los colores: “Hoy todo pinta negro y los pájaros de mal agüero tienen su momento de gloria. Así será por un tiempo. Pero yo no desesperaría. De a poco, los hechos se abrirán camino. Demostrarán que no son las oraciones o las ideologías las que derrotan a las pandemias, sino la ciencia y los médicos, la responsabilidad de los ciudadanos y la solidez de las instituciones”
Por eso no me canso de enviar este mensaje a toda la gente de buena voluntad que quiera habitar el suelo patrio: Hay que quedarse en la casa para resistir. Así soportaremos los golpes y jamás nos rendiremos. Erguidos frente a todo. Resistiremos al virus, para seguir viviendo.